La vida a veces da
vértigo. Vértigo pensar lo que queda y como irá cambiando. Paseas por un paseo
de la costa y ves parejas mayores de la mano, viejas parejas con mucho amor,
resignados y alegres. Hay de todo; algunos en silla de ruedas, otros, en vehículos
motorizados llevados por sus parejas o acarreando a sus hijos o nietos.
La vida pasa y el presente
te hace bascular entre el pasado y el futuro. Los hijos crecen, se hacen
mayores y tú, mucho más. Y cada vez más, notas más el peso de la edad; empiezan
a aparecer las molestias en los huesos, músculos y extremidades adonde la
sangre fluye con más dificultad, sobre todo, en aquellos que tienen peor
circulación. No importa si te bañas, hacer ejercicio o descansas, la sensación
al levantarse es siempre gris, si bién enseguida se disipa y retomas el día con
ilusión, olvidando aquellos pensamientos grises que entristecieron el amanecer, pero
tan necesarios y reales para comprender nuestro fin. Un final secreto, oculto en
nuestros genes, programados para tener un principio y un fin. Esa es la gran
paradoja de la vida, dar para recibir, porque así se perpetúa la especie tal y
como nos han enseñado los manuales de biología.
Celebrar la vida todos los
días, es casi una obligación. Estar vivos; poder seguir siendo bípedos,
“ecologistas”, artistas o simplemente humanos, es un regalo que la madre
naturaleza ha forjado en sus entrañas durante millones de años de evolución; desde la bacteria hasta los primates, configurando un mapa de vida complejo,
variado y fascinante. Secuenciamos el genoma, conocemos muchos de los
entresijos moleculares de nuestras células, pero no hemos comprendido todavía
la alquimia de la felicidad. Envidiamos, deseamos, amamos, lloramos, queremos y
odiamos todo ello junto y separado por etapas o momentos.
Poder encerrar el tiempo en
un frasco y experimentar con él es todavía un reto inalcanzable, quién sabe,
cuando los físicos teóricos lo conciban como un coctel de partículas que se
frenen entre si y consigan parar el tiempo de su propio entorno, o sistema, entonces
quizá podamos gozar de momentos o instantes para ralentizar o amplificar
nuestros peores o mejores momentos.
Sin embargo, si este
deleite es siempre constante no tendríamos un referente contrario para identificarlo,
compararlo y nos habríamos quedado encerrados en una especie de cápsula de la
mentira. Quizá esta sea la definición más suave de nuestro final: encerrados en
una auténtica cápsula invariable de tiempo.
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